8. Carta del maestro Alvite: La grava de un sombrero

por Nacho Mirás Fole

Desde que existe este blog -que fue pionero en la blogosfera, no nacimos ayer-, aunque he cambiado varias veces de diseño, permanece en la cabecera, como una declaración de principios, una frase de mi maestro y amigo José Luis Alvite: “El amor es algo muy resistente, se necesitan dos personas para acabar con él“. Siempre me gustó por lo muchísimo de verdad y de enseñanza que encierra. Alvite, como sabéis, se enfrenta ahora mismo a una doble batalla durísima de la que ya hemos hablado. El hombre que, cuando dejó La Voz de Galicia, me clavó en el corazón una declaración por la que me nombraba su “heredero natural”, ahí es nada, me dedicó también un cariñoso comentario en Facebook hace unos días. Sin su permiso, maestro, le doy visibilidad a tus palabras porque, como aquella vez en aquel restaurante, lo que dices me ha hecho crecer diez centímetros como persona. Y yo nunca he sido tan alto. Coged, amigos lectores, un paquete de pañuelos si acaso, porque os va a hacer falta; yo casi encharco el teclado. Pero llorar no es malo, como tampoco lo es reír, siempre y cuando los mocos o la carcajada nazcan en el manantial del corazón. Habla el maestro José Luis Alvite, así que  yo no puedo más que callar:

“Sé de qué hablas y cómo te sientes, amigo Nacho. Asediada por dos cánceres, mi vida se rebela y amenaza con írseme de las manos sin haberla apenas tuteado. Aunque ya no soy un joven periodista, me cuesta aceptar que mi próxima noticia sea el mármol de mi sepulcro. Y sobre todo, me niego a tu mala suerte y reclamo la adversidad para quienes, como yo, tantas veces nos sentimos avergonzados por haber tenido peor reputación que nuestra conciencia y mejor salud que la muerte. En el momento extremo de mis peores noticias me he dado cuenta de que la vida también puede ser hermosa aunque, por falta de tiempo para ir lejos, hayas de conformarte con que la acera de enfrente te espere a este lado de la calle. Tienes mi admiración profesional y mi sincera amistad de muchos años. Y te advierto, amigo mío, que tenemos pendiente aquella cena aplazada y una de esas largas sobremesas en las que desfallecen sin remedio el rencor, la maldad y la muerte. Cuídate y sigue. Aplaudiré a tu paso. Y si me ves caído en el camino, por favor, piensa que nosotros hemos nacido para ser enterrados con la grava que cabe en un sombrero. Pero no te detengas, hermano. Ya sabes que en el periodismo perder el tiempo se considera menos digno que perder la vida, del mismo modo que sabes que vivimos en un país en el que el talento se considera una perversión de la inteligencia. Te deseo lo mejor. Sabes como soy y cuánto te aprecio. Permite que tus lectores sigamos enjuagando cada día la mirada en tus ojos aún tan limpios”.

Pon bar y hora, amigo. Te estaré esperando.