Un post del pasado: Revolviendo Roma y Santiago

por Nacho Mirás Fole

“Papa Francisco, te quiere todo cristo”, proponía el otro día en Twitter como lema Julián Hernández ante una posible visita del nuevo papa. Los excesos informativos pontificios de estos días no dejan de traerme a la memoria la visita de Benedicto “equis, uve, palito” que yo cubrí, tanto en Santiago como en Barcelona. Recupero una anotación de aquellos días, que decía así.

Santiago, 2 de noviembre de 2010.

Faltan cuatro días y la ciudad rezuma olor a santidad. Vivo en San Lázaro, en Santiago de Compostela, el barrio dedicado al único santo resucitado del que se tiene conocimiento. Siempre me he preguntado si San Lázaro, el que se levantó “y andó” -no me corrijan, que me matan la rima- volvió a morirse y, si fue así, de qué la espichó. Menudo relato forense. ¿Y si resulta que Lázaro no remurió? A veces, camino de casa, fantaseo con que Lázaro adoptó, por ejemplo, la identidad de Gerardo Fernández Albor y sigue entre nosotros, haciéndose el jubilado; o me imagino que, durante 2.000 años, mi santo se ha ido reencarnando en personajes diferentes, como hacían Cristopher Lambert y Sean Connery en aquella película de espadachines inmortales. Vivo en San Lázaro, decía, y trabajo para el periódico más importante de Galicia, lo que me permite implicarme doblemente en una visita igual de esperada por algunos que despreciada por otros. A mí me tocará poner por escrito mis sensaciones, sin entrar a valorar. Acudo a esta llamada sin prejuicios, desde el respeto. Y el respeto no debe estar reñido con el sentido del humor. Creo, no obstante, que no podré objetivar tanto como sería deseable. Porque soy vecino de una calle que, a cuatro días vista, concentra tanta policía y tan poca diversión que mucho tiene que cambiar el asunto para que, de aquí al sábado, el dispositivo deje de parecerme un exceso. Los preparativos me inquietan y por eso tengo que echar para afuera, tienen que perdonar.

Hoy, sin ir más lejos, vi con estos ojos cómo un funcionario del Ayuntamiento arrancaba con una espátula los anuncios pegados sobre una farola, como si desde el Papa Movil fuese a fijarse Benedicto en el teléfono de una licenciada que da clases particulares. Yo no sé si este trabajo me servirá algún día para presentar como eximente en el juicio final. O si, por el contrario, pesará en la lista de agravantes del fiscal celestial especializado en fulanos irreverentes. A ojos de la Iglesia, tengo un amplio catálogo de pecados pendientes de reparación y, a diferencia de otros que también son conscientes de sus máculas y hacen por corregirse, no tengo en mis planes inmediatos acometer el desagravio, ni en el servicio oficial ni tan siquiera en un taller autorizado. Quién sabe, igual después del sábado y el domingo recapacito y encuentro el camino. De momento, para qué vamos a engañarnos, soy capaz de cargar todavía con mi mochila de pecador; es un modelo reforzado que venden en Decathlon, especial para pecadores de diario que no pesen más de cien kilos.
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La visita de Benedicto nos afecta, de una u otra manera, a todos los que vivimos en esta ciudad. Incluso los que rechazan al santo padre y a lo que representa tienen que asumir que viven en un sitio que es producto de una experiencia sobrenatural. Fue Paio, el eremita, el que vio sobre una campa unas extrañas luces que, de ninguna manera, podían ser pirotecnia, ni aeronáutica yanqui. Eran, en todo caso, los tiempos de Alfonso II el Casto y las guerras se trabajaban a macheta. Eran aquellas batallas tremendos ejercicios de casquería. No había dios capaz de pacificar a unos humanos que, día sí, día también, se embarcaban en cruzadas cinegéticas en las que el éxito se medía por los metros de entrañas arrancados al enemigo. Por eso, en aquellos tiempos convulsos, hacia el Año del Señor de 813, unas luces sobre el cielo de ninguna parte se convirtieron en una buena excusa para pacificar, para poner orden en la tierra en el nombre de Dios Todopoderoso. Paio el eremita jamás pudo ir a contar su visión a Cuarto Milenio, con las caras que habrían puesto Iker Jiménez, Carmen Porter y Guillermo León, el analista de guardia de fotos de aparecidos. Pero sí que le fue con el asunto a Teodomiro, que era el obispo de Iria Flavia. Y Teodomiro, que tenía una visión más de conjunto de hacia dónde debían progresar aquellas tierras en lo espiritual y en lo material, lo vio claro: “Un día, amigo Paio -exclamó Teodomiro- el AVE llegará a este lugar dejado de la mano de Dios y tendremos progreso, mercado, Catedral, Palacio de Congresos, la taberna O Gato Negro y una ciudad empedrada que será crisol de caminos y de culturas. Tú déjame a mí”. No puedo jurar que fuera exactamente así la frase, fruto de mi imaginación, pero no me cabe la menor duda de que Teodomiro se anticipó mil y pico años al actual ministro de Fomento. Ambos pasarán a la historia por ser unos visionarios. Tanto tiempo después de aquello, nos visita el Papa, que es el obispo de Roma. Acabo de recordar aquella broma infantil. Te ponías en posición de bendecir y bendecías al tiempo que ibas diciendo: “Yo soy el Papa de Roma, para que te acuerdes de mí…. ¡Toma!” y, con la misma, le soltabas un sopapo al incauto que miraba cómo tu mano realizaba la coreografía de la cruz. Los humanos somos tan tontos que, cuando alguien señala, miramos el dedo y no al horizonte.

El caso es que nos visita el Papa, el jefe de un Estado descapotable. Como Redondela, tan pequeño que, si te descuidas, casi no sale en el mapa. Después de Santiago, Ratzinger estará en Barcelona y yo me iré con él como observador. El viajará en el Papa Force One y yo, más modesto, en el Papa Force Two, una aeronave llena de monseñores en la que, mentiría si dijese lo contrario, uno se desplaza con una cierta paz interior. Desde la misión del verano en Marbella, cuando me tocó cubrir la visita da la primera dama de los Estados Unidos, Michelle Obama, no había vuelto a tener un encargo de tal calado. Quedan cuatro jornadas de vísperas. Confío en que no llueva, porque mi plan es utilizar en un día tan concurrido el medio de transporte que mejor puede resolverme la jornada: mi Vespa-pa-móvil. Vale, vale, no haré más chistes fáciles por hoy. Las monjas de Santa Clara llevan toda la semana metiendo huevos en la máquina de fabricar anticiclones y tienen que tener uno listo para el sábado. Ánimo, sores.