Tardes de crónica negra. Otro post del pasado

por Nacho Mirás Fole

A falta de inspiración, tiro de nevera. Recupero y reviso a fondo otro post de hace dos años sobre mi predestinación al periodismo de sucesos (que ya no ejerzo como labor principal).  Dice así:

El Caso, como la vida misma

El periodismo de sucesos me viene de familia, aunque soy el único que lo ejerce de manera colegiada. Y la culpa es de la tía Carmen, una hermana de mi abuela paterna. Carmen estaba abonada a El Caso y en su vivienda de O Sobreiro, en Lavadores, el suelo de la cocina siempre estaba tapizado con los crímenes de la semana pasada. En casa de la tía de mi padre, sentado sobre una banqueta de formica y mientras esperaba a que se secase la baldosa con las piernas colgando, descubrí mirando hacia abajo la narrativa forense de Margarita Landi y de Paco Pérez Abellán. Y conocí a Eleuterio Sánchez, El Lute, antes de que Vicente Aranda le pusiese la cara de Imanol Arias.

En aquella enciclopedia semanal del asesinato aprendí unas nociones básicas de criminología que, más tarde, reforcé en televisión. Pero la base de mi educación en este campo está en el instituto anatómico forense Domínguez y en sus fondos bibliográficos desgarradores. Desde aquella valiosísima hemeroteca de fregados, literales y figurados, la tía llevaba la cuenta de los óbitos más macabros de España. Y ampliaba conocimientos asistiendo como público a los juicios de lo penal.  Para escoger una película en el Avenida o en el Palermo se aseguraba siempre  de que estuviese basada en hechos sanguinariamente reales.

La tía Carmen leía con calma, pero tenía toda una semana para documentarse antes de que llegase el número siguiente. El Caso era un periódico cuyos redactores habían conseguido lo que otros jamás lograremos: la entrega absoluta del lector.
La abuela Pura no sabía leer. Pero conocía bien los ficheros de las comisarías españolas gracias a las explicaciones que le daba su hermana por las tardes, tomando la fresca. “¡Matouno así, chan, chan, de oito puñaladas! Non foi de morte morrida, que foi de morte matada”.

Tengo muy vivo el recuerdo de los sábados en aquel plató de telerrealidad de O  Sobreiro. La plaqueta marrón que revestía la casa de mi tía abuela te refrescaba la espalda. Cada uno se llevaba su silla y allí acudían, como clavos, otros actores de esta novela coral. No era raro que apareciesen de visita en aquellas tardes de los años setenta mis tíos del Calvario. O un primo de mi padre que trabajó como investigador privado y al que le quedó para siempre el mote de O detetive. La figura del investigador privado aportaba solvencia. También era frecuente que llegase a O Sobreiro Milito, primo también de mi padre y enterrador de Santo Tomé de Freixeiro, para arreglar algún asunto funerario o relatar el desahucio frustrado de un cadáver que, después de treinta años, permanecía incorrupto como el despojo de Santa Teresa. Milito era un artista del sepelio: nadie organizaba mejor un nicho para ubicar, confortablemente, a un finado y las osamentas de otros seis convenientemente envasadas. Concentración funeraria. Yo escuchaba, entregado, mientras me comía un pastelito de la Pantera Rosa de la tienda de Marcial para matar el bicho.

En aquellas tertulias de O Sobreiro, decía, se destripaba a los vivos y se merendaban las entrañas de los muertos. Y la tía Carmen informaba, desde su cátedra de medicina legal, sobre los últimos atestados.

Mis hermanos y yo escuchábamos calladitos y educados, como hacían antes los niños cuando hablaban los mayores. Y la tarde se hacía larga en aquella mesa de autopsias al aire libre. No fue hasta años más tarde cuando me di cuenta de qué manera el periodismo de sucesos había marcado la vida de mis antepasados y, por contagio, la mía propia. Fue cuando descubrí que a Enrique, otro primo de mi padre, lo apodaban Chessman por su enorme parecido físico con un criminal al que gasearon en San Quintín. Entonces entendí también por qué, cuando hacías una trastada, la abuela o la tía Carmen te revolvían el pelo y te decían: “¡Ahhhhh, Landrú!”. ¿Landrú? ¿Pero sabéis quién fue Landrú?

De todos aquellos no queda casi nadie, ni siquiera Milito, que los enterró a todos y después tuvieron que asistirlo a él. Ayer, medio dormido, escuché que Íker Jiménez hablaba de Landrú y de repente regresé a O Sobreiro y me imaginé a mi tía en la bancada del público del palacio de Justicia de la rúa do Príncipe, sentenciando a muerte a un fulano de Vincios que se parecía a Fritz Haarmann. ¡Culpable!