Ada Colau contra los marcianos

por Nacho Mirás Fole

El diputado Santiago Lanzuela, presidente de la Comisión de Economía, se hacía el ofendido ayer en el Congreso, después de que Ada Colau le llamase criminal a la cara a Javier Rodríguez, representante de la Asociación Española de la Banca. Señor Lanzuela, debería usted alterarse menos. O hacerlo al menos en igual medida cada vez que una familia pierde su casa, su futuro y su dignidad por culpa de las leyes corporativizadas que ustedes avalan con sus firmas; cada vez que alguien anota otra muesca en la jodida lista del paro.  El otro día me decía Edmundo Reboredo, padre del hombre para el que decenas de miles de personas piden el indulto –para ustedes, como quien oye llover- que si los representantes son incapaces de cambiar las leyes, tendrán que hacerlo los representados. Y Edmundo, que es sabio por viejo, por padre y por ciego, me recordaba la frase que me dijo el primer jefe que tuve, a quien idolatro todavía: “Compañero, nadie hizo una revolución sentado”. Así es, señor Lanzuela. Cuando a alguien le introducen un dedo en algún orificio corporal contra su voluntad, no espere usted que el vejado responda con un sosegado “por ahí no, por favor, que me hace pupita”. El grito será la reacción inmediata. El exabrupto es lo que le sale a uno de los abismos cuando le pisan la cabeza y la dignidad y, encima, se ríen en su cara. ¿O acaso dice usted “recórcholis” si se pilla un dedo con una puerta? Yo veo una reacción más incendiada en uno que nació en Teruel. El insulto no está en las palabras, si acaso en la intención. Como diputado electo que es, se le presupone la suficiente inteligencia, y quiero creer que es poseedor de ella, para saber cuándo las expresiones de una persona son reacciones a un estímulo previo.  Nada hay de personal contra el señor Rodríguez porque Ada le llame criminal, lo sabe bien, así que no sobreactúe. Y sí hay mucho de criminal en la complicidad de un Estado que ampara, por acción o por omisión, los abusos que otros perpetran. El desequilibrio entre los ricos asquerosamente ricos y los pobres miserablemente pobres es un crimen. La conducta de quienes se lucran explotando a los demás es una conducta criminal, no es simplemente una travesura . Si a usted, diputado, le molesta el término, lo lamento, le va en el sueldo escuchar estas y otras. Nadie cambiará, señor Lanzuela, un sistema que se pudre cada día más llamándoles “ladronzuelos” a quienes se comportan como verdaderos hijos de puta. Aquí no caben eufemismos ni rebajas. Edmundo, el sabio, que no tiene nada que perder, dijo que si ustedes, que son los legitimados para hacer y cambiar las leyes, no saben adaptarse a las necesidades del pueblo que les vota, entonces tendrán que hacerlo los representados. Y yo no sé de qué manera, lo ignoro.  Pero sí sé que no será a besos. ¿De verdad confunde usted una advertencia con una amenaza? ¿A estas alturas? Las palabras de Ada Colau son un golpe en la mesa que, por lo pronto, le han hecho a usted saltar de la silla. Solo por eso, yo las doy por bien empleadas. En su mano y en la de sus compañeros están las respuestas que busca la sociedad. Les pagamos para que lo hagan y yo se lo exijo. La absoluta desconexión de muchos de los que nos representan con los representados alcanzó hace unos días su máxima expresión cuando su presidente, que también es el mío, compareció ante los periodistas que solo querían preguntar  envasado dentro de un televisor. Hay un antes y un después de lo que hizo Rajoy en los tratados de la cobardía mundial. Con un presidente así, instalado en la absoluta marcianidad, embutido en una pantalla Full HD como Elvis Presley resucitado, entiendo que diputados como usted se sientan amenazados o insultados cuando les salpica la saliva del pueblo raso. La gente de la calle habla así ¿recuerdan? Porque está viva, porque siente y porque padece. Ustedes, sin embargo, hace tiempo que son un ejército de marcianos anestesiados comandado por una holografía. Bajen a la arena de una vez. Despierten. Háganse merecedores del sueldo que les pagamos. Y menos humos, que los empleados son ustedes.