Ansiosos a la carrera

por Nacho Mirás Fole

Todavía podéis ver en la web de La Voz de Galicia el vídeo de la estampida inversa que se produjo ayer en la inauguración de un nuevo centro comercial en Santiago. Pocas cosas tienen tan poco sentido como una huída al revés, de la libertad al encierro. Gracias que un señor de azul me recomendó que me hiciera fuerte detrás de una papelera de fundición que estaba atornillada al suelo para grabar las imágenes porque si no, la marabunta me habría arrollado como la visera de un camión del butano estampa a un saltamontes impertinente. Eché de menos el pañuelico rojo de los Sanfermines y un periódico enrollado, para defenderme. Eran más de mil ansiosos a la carrera, abducidos en masa por las ofertas de apertura. De todos los que entraron en tropel, ninguno había visto nunca el recinto por dentro. Así que cuando abrieron las puertas y empezaron a entrar, las escenas eran de desconcierto. ¡Quitaos, que voy muy loco! La gente corría, pero sin saber a dónde. Ni para qué. Alguno hasta resbaló, como patinan los toros en la curva de la Estafeta. Una legión de gallegos instalados en la indecisión de subir o bajar. “¿A dónde va, señora?”, le pregunté a una mujer de pieles. “¡Con la gente,¿no lo ves? aparta del medio!”. Si no me echo a un lado me tritura en nombre de la gente. El género humano tiene estas cosas desconcertantes. Por un cheque de veinte euros para los cien primeros que se gasten el dinero que igual no tienen en cosas que seguramente no necesitan te improvisan una maratón. Y te pisan la cabeza. ¡Gastemos como galegos! En la puerta del centro comercial vi ayer a jubilados que no hacían tanto ejercicio desde que los sometieron a la prueba de esfuerzo. Si los del New York Times dan con mi vídeo alguien me hará responsable, y con razón, de dañar todavía más la maltrecha imagen de la marca España. “Un ejército de desesperados acude a un centro comercial español en busca de ayuda humanitaria”. Y, debajo de ese titular, un análisis sobre la austeridad en los tiempos del cólera. Mientras me recomponía de la impresión me vino a la cabeza el difunto José Saramago, que decía que los centros comerciales son las catedrales de los tiempos modernos. Hay una diferencia: nunca he visto a mil personas dándose codazos para comulgar. De todo lo de ayer, de las colas dignas de los tiempos de la cartilla de racionamiento ante un restaurante que sirve pasta con tarifa plana, me quedo con la sabiduría popular de mi padre, que resolvió con una frase económica en palabras la escena que le describí por teléfono: “Si los mandaran, no iban”. La rebeldía de la masa es inescrutable. La foto es de mi amigo Xoán Soler, otro superviviente, para La Voz de Galicia.

Apertura del Centro Comercial As Cancelas de Santiago: sálvese quien pueda, pies para qué os quiero, tonto el último….