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"El amor es algo muy resistente, se necesitan dos personas para acabar con él" José Luis Alvite

131. En capilla

Las tradiciones empiezan de repente: uno se opera de urgencia días antes de Navidad y, al año siguiente, repite porque lo manda la tradición. Así que mientras la mayoría rescatáis del trastero los adornos y el espumillón, yo me preparo para ponerme otra vez el camisón de lacitos del Sergas -ese que te deja el culo expuesto a los elementos- y para pasar por la radial del equipo de Neurocirugía del Hospital Clínico de Santiago por segunda vez en un año. Vuelvo al quirófano por Navidad.

Confío en los doctores Prieto y Allut como Pinocho en Gepetto. Ni al niño trapalleiro de madera ni a mí nos queda más remedio, también es verdad. La orden de entrada y registro en las profundidades de mi cráneo es de efecto inminente, así que el dispositivo de acoso y derribo al hijo de Casiano no debería demorarse más allá de la semana que viene o de la otra, ya os iré contando según me convoquen. Escaquearse no es una opción.

Ya estoy viendo que la meteorología no nos va a acompañar; si quieren abrirme el melón, doctores, digamos… en Miami, por mí que no quede. Imagínense operando en bañador… Porque aquí me espera una convalecencia húmeda y triste de carallo, bien lo sé, que me amenazan las nubes detrás de los cristales. Entre eso y la invasión musical de peces que se empeñan en beber en el río por ver a Dios nacido mientras la Virgen sigue sin comprarse una lavadora, el plan de adviento es lo peor.

Hace unos días vimos en una pantalla las fotos del horror. Es acojonante comprobar con qué velocidad se ha recalificado el solar que me dejaron impoluto en la sesera el 12 de diciembre del año pasado. Urbanismo gallego en su más pura esencia: del nada al todo en cuestión de meses y sin pedir siquiera una licencia municipal. La mecánica del “ti vai facendo”, que es la ley no escrita que rige la evolución territorial de Galicia y de los gallegos, llevada a su máxima expresión en el interior de mi tarro. Inquieta la forma de manita alien que tiene el nuevo galpón invasor, que extiende incluso un pequeño tentaculito hacia la zona de mis entrañas profundas como queriendo poner una pica en Flandes. Me recordó, y perdonad la imagen, a una garrapata daltónica que hubiera confundido mi materia gris con la lana de una oveja puerca y quisiera adentrarse en la vereda a descubrir y a fundar. En Galicia, las garrapatas son “carrachos”, así que se abre la veda para la caza mayor del carracho.

No estoy desanimado, claro que no. Se me mezclan muchos sentimientos y muchas sensaciones en estas horas previas, pero estoy listo para darlo todo en el campo como un Nolito en pijama dispuesto a hacerle un agujero a toda la defensa del Barcelona con un pase de tacón a Larrivey.

Lo que sí estoy es cansado, derrengado por el exceso de minutos jugados en el este último año en la liga de la oncología médica. Supongo que es comprensible. Pero insisto en que no tienen nada que ver el cansancio y el desánimo, que no falta quien me llama al orden por tener ojeras; yo respondo mejor a las caricias que a los latigazos, no os queméis conmigo. Y como la terapia de sofá poco o nada consigue, ahí estoy, en la calle, viviendo apurado antes de la parada técnica de la semana que viene.

En el pase de revista a la tropa apenas he contabilizado deserciones, cosa que agradezco. Los que no han dado señales de vida por falta de tiempo que se lo hagan mirar: la falta de tiempo es otra cosa, sé bien lo que me digo. Les puedo dar un máster. Sin rencor. A fer la mà.

Acabo. El caso es que me entrego en cuerpo y alma a la tradición de operarme antes de Navidad con la zambomba en posición de presenten armas. Vista la poca gracia que tienen en el Sergas para decorar las habitaciones, igual me llevo algo de casa para alegrar la convalecencia. Voy a poner en marcha un grupo de Whatsapp en el que, lo mismo que el año pasado, alguien en mi nombre informará de cómo ha ido todo una vez que terminen en el aserradero y barran el taller. Así descargamos además a la familia del trago de tener que dar semejante cantidad de explicaciones personalizadas.

Ya he firmado el consentimiento informado, informado de la tremenda cantidad de riesgos que comporta que te abran la cabeza y te extirpen otro trozo de disco duro: pérdida de memoria inmediata, pérdida de visión periférica… Sobre la posibilidad de ganar capacidades no he firmado nada, que no tiene el Sergas el chichi para farolillos.

Voy a oxigenarme, que hoy puede ser un gran día y mañana también. ¡Anda que no nos libramos de una buena hace exactamente 39 años!

http://www.rtve.es/alacarta/videos/fue-noticia-en-el-archivo-de-rtve/espanoles-franco-muerto/362530/

No tengo prisa por seguirle los pasos, excelencia; así que no me espere levantado.

Si ponéis velas en mi nombre, que no sea en casa, que después os despistáis y acabamos saliendo todos en el programa de Mariló rodeados de señoras en bata que hacen declaraciones a lo loco. Vamos allá. No hay dolor.

130. Agarraos, que tiro de la anilla.

Llevo toda la vida utilizando las técnicas de supervivencia que me ha ido transmitiendo mi padre para afrontar las situaciones más diversas, las tensiones, las contrariedades, las incertidumbres… Por ejemplo, ante la ansiedad del día de Reyes y el reparto del botín, Mirás nos reunía la noche del cinco de enero a los tres herederos en la salita de estar -nunca fuimos de salón- y así en bata y pantuflas, sentenciaba: “Hoy tenéis que dormir apurados; así, mañana llegará antes”. Caíamos hipnotizados y, efectivamente, las horas pasaban más rápidas.
Tanto mis hermanos como yo seguimos utilizando la recomendación, que ya ha pasado a la generación siguiente. En los dos últimos días he tenido que tunear, por causas de fuerza mayor, el consejo paterno para adaptarlo a una situación nada deseable que a estas alturas ya todos conocéis. Por eso hemos llorado en modo intensivo, hemos apurado los mocos y los hemos concentrado para ahogarnos a fondo solo una vez y poder seguir respirando en los días sucesivos con el agua no más arriba de la línea de los hombros.
Hay dos maneras de tomarse putadas como esta recidiva de mi tumor de cerebro: hundirse en la mierda y dejarse engullir por el monstruo que vive en el abismo o seguir nadando. Es evidente por cuál de las dos alternativas he optado, hemos optado. Una vez llorado todo, y sabedores de que habrá momentos de vértigo casi insoportables en este salto, despliego el paracaídas con agujero que identifica en los escaparates mis memorias sanitarias y allá vamos todos juntos, “a la vaiche boa”, que decimos en Galicia. No puedo dar garantías de que aterricemos con éxito, pero no hay alternativa. ¡Adelante, gadgetoparachute!
Gracias de corazón a los cientos -acojona, pero son cientos- de mensajes que estamos recibiendo tanto mi familia como yo en esta reedición no deseada de aquellos días tristes de finales del 2013. Hemos puesto tierra por medio y en Pamplona tengo sobre la cabeza un cielo azul y despejado que da gusto, así que ahí os queda Mordor para vosotros solos hasta el lunes.

El Levetiracetam ha eliminado prácticamente todas las sensaciones extrañas que venía sintiendo en los últimos días, esos pánicos, esos vértigos que podían tener una razón más psicológica que física, y ojalá hubiera sido así. Era el heredero de Casiano el que me apretaba los pensamientos, el muy cabrón. Ahora, sitiado y geolocalizado en la cartografía del cerebro, permanece contenido hasta que, en unos días -avisaré oportunamente- sea desalojado de nuevo por la fuerza de las armas.

La vida me obliga a protagonizar la reposición del peor momento de mi existencia, justo un año después del estreno. El mejor peor momento gracias a lo amparado que me siento. No lo comprendo. “Es mejor no hacerse preguntas, porque no hay respuestas”, dice mi suegra, que es un compendio de sentido común, bondad y corazón que nació hace mañana unos cuantos años -tampoco tantos- en la Valdorba Navarra. Por eso le quiero dedicar a ella, al señor Mirás y a la señora Fole, a los abuelos de mis hijos, esta nueva excursión a los sótanos de la vida que irrumpe a lo loco en su jubilación de otro modo apacible. Gracias, Inés; gracias Pepe, gracias Toñita. Agarraos fuerte, que tiro de la anilla. Tengo buenas piernas, musculadas durante años en las cuestas de Vigo, para tomar tierra hasta hartarnos y amortiguar el aterrizaje; vamos allá. Y, si acaso, llorad apurado, que me hacéis todos mucha falta en perfecto orden de revista de aquí a las Navidades. Preparados, listos… ¡Banzai!

129. 13-N. Atención, reservistas: llamada a filas.

Para la libertad sangro, lucho, pervivo.
Para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.

Para la libertad siento más corazones
que arenas en mi pecho: dan espumas mis venas,
y entro en los hospitales, y entro en los algodones
como en las azucenas.

Para la libertad me desprendo a balazos
de los que han revolcado su estatua por el lodo.
Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,
de mi casa, de todo.

Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
ella pondrá dos piedras de futura mirada
y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
en la carne talada.

Retoñarán aladas de savia sin otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado, que retoño:
porque aún tengo la vida.

El herido. Miguel Hernández, El hombre acecha, (1938-39)

Si lo escribió así de bien Hernández, qué voy a aportar yo a mayores cercado únicamente por el miedo a un enemigo invisible e interior que me preparaba una emboscada clínica. Así que hago mías las palabras del poeta, como fulano talado que aún tengo la vida, y suscribo, sobre todo, el verso que dice que “mis ojos y mis manos, como un árbol carnal, generoso y cautivo, doy a los cirujanos”.

Nada me gustaría más en esta entrada 129 que contar un chiste cachondo de Eugenio, arrancando con ese “saben aquel que diu…” que me sale tan creíble. Pero hoy, 13 de noviembre, triste aniversario que los gallegos jamás olvidaremos por cuestiones ultramarinas que no vienen al caso, es también el día de una noticia que siempre temí y que nunca deseé. Agradezco de antemano las toneladas de solidaridad y ánimo que me vais a hacer llegar de inmediato por todos los medios a vuestro alcance, que sé que sois unos gitanos de recursos, aquel ejército calé que movilicé hace casi un año, cuando me llamaron a filas para reconquistar mis entrañas. Y lo hicisteis de puta madre. Hoy renuevo el contrato con aquellos que quieran acompañarme en la segunda parte de esta aventura que ahora arranca. El sueldo es bajo, la comida de pena y la cama dura; avisados estáis, que luego no quiero reclamaciones; la deserción sigue siendo un derecho.

Que Casiano Murphy era un cabrón con pintas ya lo hemos sabido durante todo este tiempo. Pero que tardara tan poco en cobrarse su venganza y renacer cual ave Fénix con boina calada nos viene de nuevas, por eso esta de hoy va a ser esta una entrada que me roza la línea de flotación por lo que tiene de trágica y no de cómica. Absténganse aprensivos, aviso. La realidad se impone y, lo mismo que os la comunico, saco pecho y me expongo al fuego enemigo sin siquiera una camisa puesta que amortigüe el chaparrón de plomo.

No hay noticia médica mala que no vaya acompañada de su correspondiente contrapeso en positivo: Esta vez, la buena nueva -primero me llegó la mala- es que a Casiano, y van dos veces, lo hemos pillado prácticamente en bolas, empezando a montar el poblado. Ha tenido tiempo, sin embargo, de instalar la tienda invasiva 2 seconds en el solar del que lo echamos por la fuerza de las armas aquel lejano 12 de diciembre. El muy hijo de puta se empeña en acampar otra vez, desobediente y sin licencia, en mi lóbulo temporal derecho; de hecho, ya está pernoctando allí. Lo llaman recidiva, los del gremio ya sabéis. Lo ha descubierto la resonancia 3T sin lugar a dudas.

El temor vuelve a mudar una vocal para vestirse de tumor. Seré intervenido de urgencia en los próximos días y me toca anticipar otra vez aquella puta navidad del 2013 cuando ni siquiera han empezado a anunciar todos los turrones. No hay elección. No, no estáis leyendo una entrada vieja del blog, es fresquita de la lonja sanitaria de esta mañana: El tumor ha regresado y con él todo lo que eso supone ya no solo para mí, sino para los que me quieren o me sufren. Vuelve, a casa vuelve, por Navidad.

Conservo el ánimo fuerte y los mejores apoyos, dentro y fuera. Tengo una vida por delante y mucho hecho por detrás, que la rima me va en el apellido. Y como el miedo es libre pero yo ahora no lo soy, precisamente para la libertad… mis ojos y mis manos, como un árbol carnal, generoso y cautivo, doy a los cirujanos; ¡A los neurocirujanos! Doc, tú la llevas.

No recibo duelo y es posible que no cojamos el teléfono ni contestemos de inmediato a los mensajes, pero no me lo toméis a mal, que nos toca hacernos en casa al nuevo escenario, reorganizar a la tropa y airear los barracones. Paciencia. Quiero las camisas bien limpias: A Santa Marta de Lombás, irás… y no volverás.

Que cante Miguel Hernández desde la garganta de Serrat. Hay que ver qué poco duró la alegría en la casa del pobre. Murphy, que te jodan, muchacho, vamos a por ti otra vez, y así las que haga falta; has mordido en hueso, cabrón. Siento de corazón haber contribuido a hacer de esta desapacible tarde de otoño una noche triste de invierno, pero es que llevo el frío dentro y la lluvia por fuera. Gracias por mantener la hoguera encendida.

128. El hombre oruga y los efectos secundarios

A solo unas horas de dejarme engullir de nuevo por la resonancia magnética 3 Teslas del Hospital Clínico de Santiago, recalo en la biblioteca pública Ánxel Casal, que me recuerda con sus cristaleras orientadas al oeste al Georges Pompidou francés pero en versión del país. Y lo hago por una necesidad doble: primero, por descansar; segundo, porque necesito poner por escrito una sensación desagradable que me inquieta desde hace varios días.

Vamos por partes. Me siguen sobrando trozos del cuerpo. Arrastro los pies al caminar hasta el punto de que he tenido que parar en la rúa do Vilar a comprarme un paraguas que he usado como bastón. No llovía tanto como para tener que meter siete euros y medio en semejante complemento, pero di con uno que tenía la altura adecuada para servirme de apoyo. Y de verdad que lo necesitaba. Mi carrocería está pagando los atrasos de un tratamiento durísimo sobre el que me crecí, convencido de mi inmunidad, pero ahora la física y la química me están sacando los intereses de la piel, de la carne misma. Las vacunas contra la gripe y el neumococo también han hecho de las suyas; soy todo un festival del medicamento y los efectos secundarios.

Es una fatiga que no me invade el ánimo, solo las piernas. Si conduzco, voy en moto o incluso pedaleo en la bici, aguanto como un campeón. Pero si se trata de caminar me convierto literalmente en un arrastrado. Sigo haciendo el esfuerzo, pero lejos quedaron aquellos paseos de dos decenas de kilómetros que me gastaban las suelas de los zapatos y me ayudaban a ordenar las estanterías de la cabeza; el chasis no aguanta ahora, tal es la potencia en diferido del tratamiento para complicarle la vida a mi cáncer de cerebro.

Decía que hay una segunda razón para tener que detenerme de urgencia en la biblioteca pública compostelana, en la wifi de guardia. He comenzado a sentir episodios de pánico que son diarios ya. Duran poquito, apenas unos minutos, y no me incapacitan, pero me asustan porque me veo a mí mismo como un fulano diminuto, en pelotas, que está a punto de ser arrollado por un tren de mercancías desbocado.

Arrancan estas vivencias a causa de un sonido, una voz, una escena… La
última me acaba de asaltar no hace ni quince minutos. Caminaba junto al arco del Arzobispo cuando identifiqué con toda seguridad las notas de la pieza “As cereixas de Beade”, que atacaba el gaitero parapetado en tan privilegiada ubicación del casco histórico compostelano. Es una partitura que firmó hace treinta años mi maestro de gaita, Nazario González, “Moxenas”, y que yo he tocado mil veces. Entonces empezó: palpitaciones en el pecho, sudor frío y un pánico irracional que desaparece con la misma rapidez con la que llega, pero que me deja suficientemente tocado como para tener que respirar hondo. A veces hasta me brotan lágrimas y mocos.

Serán los especialistas los que tengan que determinar ahora si la razón es puramente neurológica -no hay que olvidarse de que me falta un cacho de cerebro del tamaño de una albóndiga- o si se explica psicológicamente en la tensión, en el shock postraumático y otras putadas que nos hace la mente. El caso es que ocurre y, durante unos minutos, me deja hundido el ánimo y marchito el chasis.

Mañana volveré a vérmelas con la reso 3T del Clínico, con quien tengo que hacer las paces a partir de las nueve y cuarto para arreglar aquel incidente de hace un mes, cuando el aparato se indigestó de mí y tuvieron que avisar a los técnicos para que me desatascaran de su estómago cilíndrico. Ese encuentro conlleva otro tipo de miedo, este más racional, relacionado con la posibilidad de que en una de sus imágenes magnéticas, la máquina decida vengarse y descubra movimiento de tierras en la zona cero. Tengo que asumir que esa reválida semestral de la vida es inevitable, pero todavía deberé acostumbrarme.

Los resultados de la prueba de mañana tardarán, así que no os preocupéis por preguntar antes de la cuenta: informaré puntual cuando me los trasladen. No me entusiasma, también es verdad, estar metido en un nicho metálico, prácticamente inmovilizado, mientras suena la banda sonora de El Día de la Bestia en versión especial trance de Kiko Rivera para la Seguridad Social.

Sigo intentando hacer una vida lo más normal posible, dentro de las limitaciones que me imponen el cansancio crónico y los brotes de pánico adquiridos, que son una mierda pero que, al menos, me recuerdan que sigo de cuerpo presente, en el más acá. Aunque sigo aplicándome la máxima de mantener la cabeza ocupada, he tenido que declinar invitaciones a formar parte de jurados de certámenes de lo más variado. Ya no llueve en Mordor, así que voy a aprovechar la mañana y el bastón impermeable para hacer recaditos. Nunca he tenido andares de modelo de pasarela, es cierto, pero tampoco me había sentido tanto como el increíble hombre oruga. Ojalá el tiempo ayudase, pero hay que joderse con la borrasca; hay que joderse, en general.

127. La vida y la muerte, bordada en la boca…

A veces tengo la impresión de que mi hijo Mikel es la reencarnación de Fernando Lázaro Carreter en el cuerpo de un niño de cuatro años. Seguro que tiene algo que ver en su desparpajo para comunicarse que en casa llamemos a las cosas por sus nombres, huyendo de pupas, baubaus o pipís: heridas, perros y pirolas. Eso y que tiene en Ane, su hermana, un referente lingüístico de primer orden. Pero me enternece tanto cuando me pide que le ponga otro “episodio” de Peppa Pig que le pediría que me firmara un autógrafo en un diccionario.

No sé de dónde carallo ha sacado la última expresión, que me parece sensacional por potente y espontánea. En vez de “entrevistar”,  Mikel dice “echar una entrevista”, y está convencido mi heredero de que su padre le ha echado entrevistas a media humanidad. “Papá, te quiero mucho, echas muchas entrevistas y eres el mejor escritor que existe en el mundo”. Touché.

El caso es que, como ya he contado, tenemos colgando en el retrovisor del coche una figura articulada de El Fary. Es la mascota oficial de los viajes de los Mirás Apestegui, un muñeco que va moviendo la cabeza y el micrófono con un ingenioso sistema de muelles que hace que baile desatado cante quien cante en la radio. Alguien con cultura musical escasa me preguntó si era Iñaki Gabilondo.

A Mikel y a Ane les entusiasma El Fary. “¡Pon el torito guapo, pon el torito guapo!, reclaman a menudo. Y yo lo pongo y enloquecemos los tres camino del cole. Cuando les conté que el cantante en miniatura del monovolumen exisitió de verdad, que yo lo conocí y que me parecía un tío la mar de cachondo, Mikel no se hizo esperar: “¿Le echaste una entrevista al Fary, papá?”. “Sí, mi rey, le eché dos o tres entrevistas. Se llamaba José Luis Cantero y era todo un personaje. Por cierto ¿tú sabes lo que es echar una entrevista? -le pregunté para asegurarme de que no tenía los conceptos equivocados”.

-¡Pues claro: lo que hacemos ahora! Tú preguntas y el otro contesta. Y después lo pones en el periódico. Si se llamaba José Luis ¿por qué le llamaban el Fary? ¿Es como tú, que te llaman Nacho pero en realidad -atención a lo repipi del “en realidad”- eres Ignacio?

-Algo parecido (hay que joderse con Lázaro Carreter).

“¡Se dice “hacer una entrevista! -precisó Ane-, papá le ha hecho entrevistas a mucha gente”.

“Es que papá echa muchas entrevistas, pero yo voy a ser policía, astronauta, bombero, panadero y papá de ocho hijos; periodista no”, inquirió miniyó desde su asiento trasero. No sé si me acojonó más lo de los ocho nietos, que me colocan en una clara situación de abuelo esclavo para los restos, o la disposición natural del enano de la casa al pluriempleo. Un panadero que en sus horas libres dirigirá el tráfico. A todo llegaremos. Benditas criaturas, en cualquier caso, que me rescatan de los sótanos de la existencia misma cuando más falta me hace.

Ayer no pude cumplir con el rito nocturno de los cuentos narrados porque acudí a presentar en Ourense, por segunda vez, la versión encuadernada de mis memorias sanitarias editadas por Paidós, El Mejor Peor Momento de mi Vida. Ya sabéis: “El libro”. Y van nueve presentaciones, ahí es nada. Ya sé que me repito, pero no puedo evitar que me venga a la cabeza el sepelio del abuelo de Gila: “Tenía tantos amigos -contaba el humorista- que, a la que lo habían enterrado, la gente pedía: ¡Otra, otra, otra! Y tuvieron que enterrarlo tres veces”. Por cierto, tengo que buscar en el archivo secreto de mi padre la entrevista que le “eché” a Miguel Gila allá por los primeros años noventa en el teatro Principal de Santiago.

La re-presentación del libro en Ourense fue la hostia, para qué voy a buscar eufemismos. Israel, Alberto y Lourdes, la gente de La Librería, me recibieron como si hubiera cruzado por la puerta un autor de best sellers, no sé, como a la mismísima Belén Esteban u otro autor de éxito. En la entrada me esperaba paciente, recién llegada de Ribadavia, Maru Paseiro, que quería que le echara no una entrevista, sino una firma. ¡Y no en un cheque! Fue tan atenta que me regaló incluso un boli para zurdos que compró en la misma tienda. De verdad que esto del mejor peor momento no es ninguna exageración: la gente es la hostia.

Disfruté del viaje en coche entre Compostela y Ourense, que se hace enseguida por esa autopista desértica y con eco por la que no circula ni Dios. Y no me extraña, con semejante peaje. Peaje que, por cierto, ni rima ni casa con drenaje. Porque íbamos El Fary y yo con las ruedas recién cambiadas que, de otro modo, habría llegado de Lalín a Silleda haciendo surf sobre la lluvia.

Disfruté, decía, de la navegación de pago entre Santiago y Ourense escuchando el regalo con el que me sorprendió el día anterior mi santa esposa: la antología desordenada en cuatro discos con la que Joan Manuel Serrat celebra sus cincuenta años en la música. Un pedazo de obra, de verdad. Serrat ocupa buena parte de mi archivo musical de siempre y, eso sin haber conseguido echarle nunca una miserable entrevista. Y no sería por ganas. Me la pido, Joan Manuel, guárdame un hueco.

De todo lo que ha grabado para conmemorar su medio siglo musical el hijo de Ángeles y Josep, de profesión cantautor, natural de Barcelona, es difícil quedarse con una sola canción. Pero yo quiero traer a colación el Romance de Curro el Palmo (1974), uno de mis temas favoritos de siempre, dedicándole sobre todo a la madre de esos locos bajitos que se incorporan la estrofa en la que la voz temblorosa de Joan Manuel Serrat dice:

“Ay, mi amor,
sin ti no entiendo el despertar.
Ay, mi amor,
sin ti mi cama es ancha.
Ay, mi amor
que me desvela la verdad.
Entre tú y yo, la soledad
y un manojillo de escarcha”

No os voy a poner la versión que sale en la antología desordenada, a dúo con Alejandro Sanz; si eso la compráis, que el noi del Poble-Sec vive de esto. A cambio traigo la que hizo Antonio Vega, a quien tampoco le eché jamás una entrevista y eso sí que no tiene remedio.

Sí, vale, que estoy tiernito hoy, vaya pero no me lo tengáis demasiado en cuenta, que llevo una semana arrastrando la carrocería como si me hubieran dado unas hostias en la puerta de una discoteca y necesito agradecer con música la dedicación de la persona que más me sufre. Tengo fecha para la próxima resonancia magnética: el miércoles día 12 a las 9.15 tengo que estar de cuerpo presente en el Clínico para que me examinen de nuevo el cerebro sin tener que metérseme dentro. Y, así, cada seis meses.

Confío en cobrar el mes que viene, una vez he saltado por todos los aros que me han hecho pasar los ángeles cristos de la burrocracia española que en España son. La última fue que me hicieron llegar un formulario por correo electrónico y tuve que imprimirlo, firmarlo a boli, escanearlo con la firma puesta y enviarlo de nuevo por correo electrónico para dejar constancia de que soy el primer interesado en que me ingresen la nómina, pensión o como carallo se llame mi subsidio. Si no lo pido yo, el sistema entiende que no estoy interesado. ¿Qué tal mandar un poquito a la mierda al que parió la norma? Desde el cariño, digo. No me refiero a los intermediarios, que son también víctimas.

Ahí va la letra completa del romance de Serrat, ese que dice que, entre palma y palma, Curro fue palmando. Espero que no me pase lo mismo.

La vida y la muerte
bordada en la boca
tenía Merceditas
la del guardarropa.
La del guardarropa
del tablao del “Lacio”,
un gitano falso
ex-bufón de palacio.

Alcahuete noble
que al oír los tiros
recogió sus capas
y se pegó el piro.
Se acabó el jaleo
y el racionamiento
le llenó el bolsillo
y montó este invento,
en donde “El Palmo”
lloró cantando…

Ay, mi amor,
sin ti no entiendo el despertar.
Ay, mi amor,
sin ti mi cama es ancha.
Ay, mi amor
que me desvela la verdad.
Entre tú y yo, la soledad
y un manojillo de escarcha.

Mil veces le pide…
y mil veces que “nones”
de compartir sueños
cama y macarrones.
Le dice burlona…
…”Carita gitana,
cómo hacer buen vino
de una cepa enana”.

Y Curro se muerde
los labios y calla
pues no hizo la mili
por no dar la talla.
Y quien calla, otorga,
como dice el dicho,
y Curro se muere
por ese mal bicho.

¡Ay! quién fuese abrigo
pa’ andar contigo…

Ay, mi amor,
sin ti no entiendo el despertar.
Ay, mi amor,
sin ti mi cama es ancha.
Ay, mi amor
que me desvela la verdad.
Entre tú y yo, la soledad
y un manojillo de escarcha.

Buscando el olvido
se dio a la bebida,
al mus, las quinielas…
Y en horas perdidas
se leyó enterito
a Don Marcial Lafuente,
por no ir tras su paso
como un penitente.

Y una noche, mientras
palmeaba farrucas,
se escapó Mercedes
con un “curapupas”
de clínica propia
y Rolls de contrabando
y entre palma y palma
Curro fue palmando.

Entre cantares
por soleares.

Ay, mi amor,
sin ti no entiendo el despertar.
Ay, mi amor,
sin ti mi cama es ancha.
Ay, mi amor
que me desvela la verdad.
Entre tú y yo, la soledad
y un manojillo de escarcha.

Quizá fue la pena
o falta de hierro…
El caso es que un día
nos tocó ir de entierro.
Pésames y flores
y una lagrimita
que dejó ir la Patro
al cerrar la cajita.

A mano derecha
según se va al cielo,
veréis un tablao
que montó Frascuelo,
en donde cada noche
pa’ las buenas almas
el Currito “El Palmo”
sigue dando palmas.

Y canta sus males
por “celestiales”.

Ay, mi amor,
sin ti no entiendo el despertar.
Ay, mi amor,
sin ti mi cama es ancha.
Ay, mi amor
que me desvela la verdad.
Entre tú y yo, la soledad
y un manojillo de escarcha.

126. Back to the past. Desde los recovecos del cerebro

El texto de hoy quizás le sirva de ayuda o inspiración a los investigadores del tarro humano que en el mundo son. Todo viene a propósito de una pregunta que me hizo ayer en Las Mañanas de RNE mi colega Alfredo Menénedez. El conductor del programa radiofónico, que me conoce bien, me cascó en directo un fragmento de Phenomenon, la película en la que un John Travolta afectado por un tumor cerebral como el mío, pero tamaño coliflor con su ajada y sus patatas, desarrolla capacidades sorprendentes: desde mover objetos a presentir terremotos o aprender portugués en veinte minutos. “¿Tienes algún súper poder?”, me preguntó el cachondo Menéndez a través de las ondas públicas españolas. “Más allá de un súper olfato o de la hiperacusia, no sabría decir…”, le contesté.

Me quedé escaso en la respuesta por una cuestión de tiempo, que en la radio siempre es oro. Así que ahora que dispongo de un rato y de un iPad mini con la batería cargada, voy a describir los síntomas que experimento desde que el 12 de diciembre del año pasado los doctores Ángel Prieto y Alfredo García Allut me retocaran la junta de la trócola del lóbulo temporal derecho en el Monster’s Garage del Hospital Clínico Universitario de Santiago.

Ocurre de repente. A raíz de un sonido, un olor, un sabor, de una sensación puntual… mi cerebro se pone a trabajar solo y revivo un recuerdo tan intenso que más que un episodio de la memoria es una auténtica regresión. Soy el Marty McFly de la neurología española. El primer episodio tuvo lugar poco después de la intervención, cuando en casa me pusieron lentejas y el sabor me trasladó al momento exacto en el que caté por primera vez, en versión puré, la semilla de la planta herbácea igual de adorada que de odiada por la infancia mundial. Si las quieres las comes, y si no, las dejas.

Ya he contado que con el trozo de cerebro que rebozaba el tumor, los neurocirujanos echaron en una palangana inoxidable una buena cantidad de recuerdos aromáticos que llevaban 42 años almacenados en mi disco duro. El sabor de las lentejas fue uno de ellos, de ahí que cuando me llevé la cuchara a la boca experimenté una novedad falsa que hizo trabajar a mi sesera hasta el punto de trasladarme a la guardería de la Caja de Ahorros Municipal de Vigo en la avenida de Madrid, justo al edificio donde hoy se preparan los ejecutivos de mañana en la Escuela de Negocios Anova; otro tipo de jardín de infancia.

Me sorprendió la cantidad de detalles del pasado que me vinieron a la cabeza con la cucharada de lentejas del presente entre los dientes: desde la textura del mandilón de rayas al olor del comedor, el apresto del hábito de las monjas salesianas… increíble. La impresión fue tan intensa que tuve palpitaciones. Pero me relajé y pasaron días hasta que volví a sentir algo parecido.

En lo que va de semana me ha ocurrido varias veces. El olor de unas castañas asadas me retrotrajo el fin de semana a la cocina de Vitas y Avelino, los padrinos de mi hermana, en cuya casa de San Pedro de Sárdoma, llena de niños, acabábamos a menudo en las tardes plomizas de otoño. Desde la vajilla de Dura Lex al aroma de las galletas Fontaneda que se devoraban por paquetes en aquel domicilio, me vinieron a la memoria RAM tal cantidad de datos desde los clústers del disco duro que creí que se me gripaba el microprocesador.

Estos días he viajado también en el tiempo a casa de una cuñada de mi tío en Alcabre; a la carpintería de aluminio de mi padre en A Bagunda, perfumada de silicona y taladrina; a la ingletadora de mi tío Antonio serrando molduras de sapelly. Del recuerdo al revival en 3D por obra y gracia de la alquimia cerebral.

Yo creo, amigo Alfredo Menéndez, que esto de viajar en el tiempo a través de los olores, los sabores y los sonidos va a ser el súper poder por el que me preguntabas. Reconozco que al principio me asustaba, sobre todo ante la posibilidad de que, con semejante sobrecarga de estímulos, acabase colapsando. Pero eso nunca ha vuelto a ocurrir: jamás he vuelto a perder la consciencia, ni tan siquiera rozar nada parecido a un ataque.

Según pasa el tiempo me voy acostumbrando a estas regresiones brutales que no son ni más ni menos que recuerdos infantiles que afloran de repente, una vez manipulado mi cerebro, con una precisión cercana al cien por cien. Desconozco con qué nivel de detalle es capaz del cerebro de guardar lo vivido, pero les diré, señores investigadores del tarro, que en mi caso es -y no encuentro otra palabra mejor- a-co-jo-nan-te.

Voces, notas musicales, olores, sabores… todo me vuelve desde los recovecos de la memoria como si lo hubiera vivido ayer. No me ha dado, como a Travolta en Phenomenon, por la telequinesia, pero es que él tenía el tumor acoliflorado y el mío permanece, ausente y criogenizado como Walt Disney -ya sé que es una leyenda urbana- en una nevera del Servizo Galego de Saúde. Sintiendo y experimentando lo que siento y experimento ahora comprendo mejor cómo puede ser eso de ver tu vida en diapositivas cuando estás a punto de palmar. Me imagino que los recuerdos, como a mí ahora por entregas, resucitan todos juntos y te revives entero antes de espichar; un homenaje final.

Un neuropsicólogo que me examinó antes de la operación me dijo que incluso para los que se dedican a comprender cómo nos funciona el cerebro, la materia gris que nos rellena la cabeza sigue siendo un misterio. Me contó que él mismo había comprobado cómo personas que, por ejemplo, habían perdido capacidades asociadas a una determinada zona cerebral por una lesión, las recuperaban porque algún trozo sano asumía esas competencias. Del mecanismo que hace todo eso posible queda mucho por escribir. Supongo que los creyentes lo tienen más fácil: el alma, es el alma, hombre de poca fe. A mí me sigue tirando más una explicación científica, qué queréis que os diga, pero reconozco que la sobrenatural resuelve antes.

El caso es que no sé si hoy, dentro de un rato o mañana por la tarde, un estímulo en forma de olor, sabor o sonido me mandará un ratito al pasado de una patada en el culo para devolverme en segundos al punto de partida. Una vez que te vas acostumbrando no está tan mal, pero en un primer momento acojona. Supongo que Peter Parker sentía lo mismo cuando empezó a hacer el indio por las paredes de Nueva York. A ver si para la próxima tengo el teclado a mano y puedo describir los detalles de la regresión.

Pensad que podría ser peor: las visiones marianas, la percepción extrasensorial, las apariciones de fantasmas o sensaciones como la levitación, el éxtasis o el estado de trance también se asocian, en términos científicos -que no místicos- a la cacharrería neuronal. De momento, como escribí hace un año, yo no veo a nadie que no esté, cosa que le agradezco a mis sistemas; solo me faltaba tener que entenderme con aparecidos. Oh, la mente. Por si os pasa un día, procurad acumular los detalles de los recuerdos buenos.

125. Malos tiempos para el pantojismo

Toda mi relación con Isabel Pantoja, que hoy es noticia contra su voluntad, se resume en este reportaje sobre nombres de vacas que firmé en el 2005 y en esta crónica que, sin intención de hacer leña del árbol caído, recupero del archivo veraniego de hace tres años. Aunque Isabel ya le veía las orejas al lobo, se entregó al público coruñés que abarrotaba el Coliseum. Así fue:

Isabel, yo me llamo Isabel

Más de 4.500 incondicionales arroparon a la Pantoja en el Coliseum

La Voz de Galicia, 27 de agosto de 2011

Nacho Mirás / A Coruña. Te mira a los ojos. Te dice que es honesta con él y contigo. Que a él lo quiere, que a ti te ha olvidado. Que si quieres seréis amigos, que ella te ayuda a olvidar el pasado. Y te invade una sensación… Isabel Pantoja se confesó ayer ante más de 4.500 almas en el Coliseum coruñés. Pasaban seis minutos de las diez cuando arrancó la orquesta con una ensalada instrumental de estribillos, un entrante, antecedido por una ovación cerrada: «¡Isabel, Isabel, Isabel…!». Y salió la de Sevilla, blanca como una novia de verano, y abrazó a su público abrazándose a ella misma. «Con la gente que me gusta, me dan las claras del alba, compartiendo madrugadas, palabras risas y luna…». Era una declaración de intenciones efectista, con los coruñeses dándose por aludidos. Zalamera -«me quito el sombrero ante ustedes»- remató: «Me gusta Galicia».

Pasodoble en la segunda para desmemoriados. «Isabel, yo me llamo Isabel…» «¡Pantoja!» respondía el público, que tenía la respuesta a huevo. Desde que ella nació, su nombre y sus apellidos, son los suyos, son los suyos, recalcó.

Hubo que esperar para los grandes éxitos. Pero llegaron. Antes había llegado un ramo de rosas, justo después del Garlochí. «Dicen que hay toros azules..». Silencio. Una espontánea impaciente anticipaba, como un karaoke precipitado, un estribillo que debería ser patrimonio del Estado: «¡Háblame del mar, marinero!»; ya es mala suerte no ver el mar en A Coruña. Sentada en la banqueta del pianista, a la Pantoja se la comieron a aplausos.

Perdón sin penitencia

No había manera de callar a las voces impulsivas que, en los silencios y respiraciones, no perdían la oportunidad de piropear a la artista hasta la exageración, olvidando que un músico necesita cumplidos, pero también silencio. Y oxígeno.

Se nota que la gente se sabe su vida y aplaude con más rabia aquellas estrofas que, se supone, se refieren a capítulos más o menos públicos de la biografía de Isabel Pantoja Martín. Ella misma lo decía: «Os estoy recordando las canciones de mi vida». Marinero de luces, una larga metáfora que habla de lo que toda España sabe, antecedió a Nada, que es un desprecio a los falsos; nadie que bese mintiendo engaña a la Pantoja. Dejó los pecados para las once: «Hoy quiero confesar…». Y confesó voluntaria, y una apoteosis de fieles entregados la absolvió saltándose la penitencia. Nadie como Isabel para el tiempo cuando la canción acaba y ella se queda tiesa y entregada, con un brazo abierto, como una diapositiva.

Así fue era otra de las esperadas. No estaba en manos del público enamorarse, pero todos lo hicieron a coro. Un tsunami de brazos remachó el estribillo y abanicó el recinto: «Soy honesta con él y contigo…». Tan entregado estaba el público que parecía que todos hubieran despachado alguna vez, con saña, a un amor que no prosperó. A las once y media, la gigantesca olla redonda que es el Coliseum hervía de entusiastas, de canciones, de pantojismo.

 

124. En una hora, en Radio Nacional de España

Este es un post breve para informar de que hoy martes, 4 de noviembre de 2014, después de las noticias de las once, compartiré micrófono con Alfredo Menéndez en Las Mañanas de Radio Nacional de España. Seguro que tenéis cosas mejores que hacer, pero que nadie me diga después que no aviso. Los que moran fuera del territorio patrio pueden sintonizar RNE en directo pulsando aquí.

Hoy ya estoy un poco menos melancólico que ayer y, seguro, mucho menos que mañana. Si, al final, la lluvia solo es agua. Como me dijo Pabloeirma en un comentario al post de ayer: “Nacho, mejor no vengas en otoño a Bergen. Te aseguro que es peor que Compostela, jajajaja… (yo he catado las dos, de hecho ahora vivo en Bergen). Aunque en primavera y verano te animo a escaparte. En Noruega hay una frase que dice que “no hace mal tiempo, sólo hay gente mal vestida”, así que katiuskas y un buen chubasquero!
Y muchos abrazos desde el norte.”

Es es el espíritu. Nos escuchamos en un rato.

123. Calle Melancolía

La mezcla sin medida de citotóxicos y antibióticos con una humedad relativa del cien por cien da como resultado el escombro humano en el que me veo convertido. Resisto bien sentado y en horizontal, pero la verticalidad y las caminatas me vienen grandes. Tengo la sensación continua de que me abducen varias veces al día unos extraterrestres sodomitas que me pegan de hostias en la nave espacial, me empalan con un periscopio cósmico y luego me dejan tirado en un descampado para que me recomponga pidiendo auxilio en la primera gasolinera. La novedad es la flojera de brazos, que a la de las piernas ya me iba acostumbrando.

Arranco el diluvio del lunes en Mordor de Compostela, con los niños ya instalados en el colegio, invadiendo cualquier cafetería del centro de Santiago en la que mojar el churro y gorronear la wifi. Hoy toca el Sano Sanote de Alfredo Brañas, aunque sigo fiel a la hostelería vintage de mis ya amigas Estela y Belén, Tosta y Tostiña, mi segunda casa en la avenida de A Coruña. No os celéis, que ha sido solo por una cuestión de logística; a vosotras os quiero.
Burrocráticamente, y hasta nueva comunicación, estoy saneado y en orden de baja para seis meses. Como informé hace unos días, me han concedido una prórroga de medio año para acabar de resucitar del todo, lo que sitúa el horizonte de la reincorporación al mundo productivo a finales del mes de abril. Aunque procuro estar activo, no tengo el mismo fondo ni por asomo. Me acartono más por las tardes, y eso es un problema para alguien que realiza su trabajo principal a la hora de la merienda. No me veo apto todavía para el servicio y empiezo a plantearme la posibilidad de recurrir a los complejos vitamínicos de farmacia, previa autorización de los diferentes departamentos médicos que intervienen en mi mantenimiento.

No sé si es el otoño o el conjunto de la circunstancia, el caso es que se me está haciendo largo el cáncer. Al menos me entretengo presentando mis memorias sanitarias, que van por la segunda edición, allá donde me reclaman. Este jueves, a las siete y media, vuelvo a Ourense, terra da chispa, para firmar en una librería cuyos propietarios no se rompieron la cabeza buscando la marca: Lalibrería.
Una importantísima cadena de grandes superficies comerciales me ha propuesto además organizar firmas de cara a la Navidad. Si el andamiaje no me falla, estaré encantado de acudir a la llamada de los creadores de la Semana Fantástica.

Agradezco todo ese material complementario que me hacéis llegar, la bibliografía de una enfermedad mal comunicada que me sirve para contextualizar y resituarme en el momento que me ha tocado vivir. A través de esa red de saneamiento de sensaciones rápidas que es el Twitter, María Begoña Bouzas (@BegoBouzas) me hace llegar una pintada de Acción Poética en Lima que reza: “Estoy cansado, pero no vencido”. Es exactamente eso, lo entienden hasta en Perú. La ausencia definitiva de camaradas de filas como Begonha Caamanho, que cruzó al otro lado hace solo unos poco días, me dobla y, a la vez, me anima a seguir de cuerpo presente: alguien tiene que quedarse para redactar la crónica, compañera; por intentarlo no va a quedar.

Mi hermano mayor Fernando Varela (@Fervabi) me pasa el enlace a una entrevista con Debra Jarvis concentrada en el siguiente titular: “Sí, he sobrevivido al cáncer, pero eso no me define”. Está en inglés, pero vale la pena el esfuerzo porque resume muy bien algunas de las cosas que yo y tantos otros sentimos. La principal diferencia es que Debra ya se considera superviviente a su pronóstico malo; yo estoy todavía nadando en medio del Atlantico subido a un cajón a la deriva. ( http://www.ted.com/talks/debra_jarvis_yes_i_survived_cancer_but_that_doesn_t_define_me ).

Puede dar la impresión de que todos los que vamos driblando a la guadaña acabamos convertidos en telepredicadores de la oncología, pero hay que comprender que, tengamos o no razón, verle al lobo las orejas tan cerca y vivir para contarlo nos da una cierta autoridad. Yo respeto mucho a los que me cuentan la guerra con los zapatos salpicados de sangre, no tanto a los que me traen noticias del frente desde la asepsia de una oficina y un teletipo.

No somos los supervivientes, en cualquier caso, lecturas obligatorias. Suelo decir que si mi testimonio y mi experiencia le sirven a alguien más que a mí mismo, entonces todo este año caminando en el alambre como el aprendiz calvo de los Walenda tiene mucho más sentido. Lo mío es solo un suelto en un largo monográfico que firman cientos de supervivientes a través de lecciones de vida demoledoras. Como Rosa Novell, cuyo testimonio me llega gracias a la intermediación de mi querida Beatriz Pérez desde Barcelona. Rosa, ciega a causa de un cáncer, cuenta cómo ha encontrado una nueva luz a través del teatro. La conversación con Jacinto Antón la tenéis aquí: http://ccaa.elpais.com/ccaa/2014/11/01/catalunya/1414867836_613494.html Me quedo con este destacado: “No me quiero quejar, solo tirar adelante. Y seré a partir de ahora otra”. A mí me recarga el testimonio de Rosa Novell como a otros les motiva el mío. Si no nos ayudamos entre nosotros, ¡quién lo va a hacer! ¿El sistema que nos putea a la vez que nos cura? Non, hó!

La lluvia y la muerte que siempre salpica me ponen melancólico. Pero hasta la melancolía, como sentimiento auténtico que es, me recuerda que sigo encendido y con cobertura, puteando a la más jodida de las tormentas solares. El Alalá das Mariñas en la voz de mi amiga Uxía Senlle sirvió para despedir en el cementerio de Boisaca a Begonha. No encontré las fuerzas para estar allí porque el deceso se llevó a uno de los referentes en los que me sostenía para levantarme por las mañanas. No se me ocurre mejor banda sonora para cruzar el Lethes. La voz de Uxía es la diferencia entre morirse a bulto en turista o hacerlo en Business Class. Disculpad que esté más melancólico que de costumbre, no era mi intención estropearos el lunes; quizás sea el otoño; quizás sean los antibióticos; quizás sea que soy así y hay que joderse. Gracias por mantener el fuego encendido en semejante humedal.

“Teño unha casiña branca,
na Mariña entre os loureiros,
teño amores teño barcas,
e estou vivindo no ceo”.

122. El colmo del despropósito burrocrático

Hoy, aviso, estoy muy cabreado. Físicamente, la de ayer fue una jornada manifiestamente mejorable: cansancio extremo, falta de apetito, dolor de articulaciones… Por si no fuese suficiente el cuadro clínico, derivado de un tratamiento durísimo en el que llevo un año instalado, viene la burrocracia española y de las JONS y me da una patada en toda la boca del estómago. A ver si soy capaz de resumir sin excitarme hasta el punto de colapsar, que es lo que me pide el cuerpo.

Por fin llegó a mi casa ese caballo del malo que transporta las notificaciones oficiales del Instituto Nacional de la Seguridad Social; al sobre solo le faltaba un sello de lacre y un poco de polvo del desierto; siete días desde la fecha del registro de salida, 20 de octubre, hasta que ayer pude firmar el recibí. ¡Siete días desde A Coruña a Santiago para un asunto urgente! He visto cucarachas más rápidas.

Firma la misiva el subdirector provincial de incapacidad, que así denominado no sé si la competencia de su cargo se refiere a mi incapacidad o a la de la del Ministerio de Empleo y Seguridad Social toda junta, que es mucha. Ellos son los incapaces, y a los hechos me remito.

Me explica el subdirector provincial de incapacidad, de parte del director provincial, que a partir del día 1 de noviembre, “la mutua de accidentes de trabajo y enfermedades profesionales con la que su empresa tiene concertada la protección de la incapacidad temporal le pagará directamente la prestación, por lo que debe presentar una solicitud en dicha mutua”. ¿Debo solicitarlo yo, que soy el enfermo, el incapaz? ¿Ellos resuelven mi prórroga de la baja para un máximo de 180 días y si quiero seguir comiendo tengo que pedirlo por escrito? Eso es solo el principio.

El caballo cojo traía también en sus alforjas otro pergamino, este de la mutua de marras. Hice tan mala sangre en Correos que casi me tienen que desfibrilar con la batería de una furgoneta. Resulta que para poder pagar la hipoteca y dar de comer a mis hijos a partir del mes que viene me piden tantos papeles que me dan ganas de acamparles en la puerta con un perro y una flauta. Me ponen por escrito que, tal como me ha adelantado el amo de las incapacidades, será “directamente esta mutua” la que me abone el sustento. Y me advierten de que tengo que ser yo el que presente ante ellos la solicitud de pago directo y la documentación “que a continuación se detalla”. ¡Entiéndanse entre ustedes y déjenme con mi cáncer, que ni siquiera han tenido el detalle de preguntar cómo voy de lo mío!

Ahí va el listado de formularios y documentos obligatorios para que en casa podamos comer en noviembre: “Solicitud de pago directo debidamente cumplimentada (modelo que se acompaña). La segunda hoja, certificado de empresa, deberá ser cumplimentada por su empresa”. La sede de mi empresa, como todo el mundo sabe, está en Arteixo y la de la mutua en A Coruña. Pero yo tengo que hacer de cartero con cáncer desde Santiago.

Sigue el despropósito: “Fotocopia del DNI (¿Y el chip para qué carallo vale?); comunicación de los datos del IRPF (modelo 145 que se adjunta); nómina o TC2 -ni puta idea- del mes anterior a la baja médica o correspondiente a los tres meses anteriores a la baja médica si se trata de un contrato de trabajo a tiempo parcial o fijo discontinuo; copia certificación bancaria donde conste usted como titular de la cuenta; libro de familia en caso de tener hijos menores a cargo; en caso de contrato a tiempo parcial deberán aportar fotocopia del contrato de trabajo”.

¿Satisfechos? Por mi cuenta podría aportar el carné de la biblioteca pública, la licencia de pesca de superficie y el título de socio honorario del Avispados Vespa Club de Ourense. ¿Qué tal un análisis de orina, ya puestos? Y hasta podría conseguir sin mucho esfuerzo el certificado de penales de mi abuelo, que estuvo preso por rojo en el penal de la isla San Simón. Pero no me da la gana, ¿saben? No tengo el coño para ruidos.

Lo único que ha cambiado en este año, y no es poco, es que un astrocitoma anaplásico grado III, un cáncer de cerebro, me ha puesto la zancadilla. Lo demás ha venido por añadidura, pero el sistema se empeña en que le demuestre cada dos por tres que tengo lo que tengo, que pida por escrito que me paguen si quiero cobrar y, en definitiva, que pase por el aro de este ridículo circo de Ángel Cristo que es la normativa laboral española.

Como quien tiene alma no tiene calma, así como leí la carta llamé hecho una fiera a la mutua. Tenía tal sensación en ese momento de ser un inútil, un estorbo y una complicación para España que lloré más de lo que hablé, no me da reparo decirlo. “¿Un año intentando sobrevivir a mi cáncer y me piden que les mande el libro de familia a A Coruña para que mis hijos coman caliente el mes que viene? ¿Se ríen de mí?”. La persona que me atendió al teléfono no es la culpable de nada, es otra víctima de un sistema que parece parido por gente inmune. Fue amable, me vio alterado y se puso a mi disposición, incluso me pareció que un poco en mi piel. Pero no me vale lo de que “la cosa funciona así”. Pues si la cosa funciona así, también es normal que un tipo con un cáncer de grado III se cague en todo cuando, superadas la radioterapia y la quimioterapia a dosis industriales, la Administración sanitaria intenta someterlo pidiéndole documentos a granel que ya tiene.

La mutua se excusa en que la ley de protección de datos le impide acceder, por ejemplo, a mi libro de familia. Hacienda sabe que tengo hijos desde hace siete años, ¡Hostia! La propia Seguridad Social está al corriente, que para eso disfrutamos de los correspondientes permisos de maternidad y paternidad en los años 2007 y 2010. Además, cumplo puntual con mis obligaciones fiscales.

Tengo que dar públicamente las gracias a mi empresa que, enterada del asunto, se ha prestado a facilitarme al máximo los trámites y, además, se interesa con frecuencia por mi estado, sanitario y anímico, cosa que los enfermos agradecemos muchísimo.

Me ruegan los de la carta bomba que presente la documentación en diez días y, sin otro particular, aprovechan para saludarme. Ni un miserable “esperamos que al recibo de la presente se encuentre bien de salud”. Mi salud es para el sistema lo de menos. Usted y yo somos números, expedientes, bulto. Sé que mi madre, poco dada a las estridencias de su segundo hijo, se echará las manos a la cabeza cuando lea todo esto por si las autoridades me destierran a Fuerteventura, pero no podemos seguir gobernados por normas absurdas y gente incapaz que no nos mira a la cara y nos desprecia como seres humanos. Hoy soy yo; mañana será usted, no lo dude. Que pase el siguiente. Que suene Siniestro Total: Oh, qué raro soy.

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